CAPITULO SEGUNDO


Acotaciones Sobre el Aluvión de 1934


10 de enero de 1934.
Un despacho telegráfico del Jefe de la Estación Punta de Vacas del ferrocarril Trasandino, dice: Del río Tupungato baja fuerte creciente, el agua alcanza siete metros de altura".
Una hora mas tarde, otro despacho agrega: "Creciendo arrastró puente kilómetro 142 a trescientos metros distancia"…
Me acerco a mi domicilio, situado dentro del cuadro de la estación y digo a mi esposa: Se acubó el Trasandino… Solo Dios sabe a dónde iremos a parar ahora…
—Alarmada, inquiere: qué ¿qué ocurre?
—Le explico la situación
—¿Podrá ser tanto? interroga.
—Si, el amplio conocimiento que tengo de la línea férrea no deja lugar a dudas, el ferrocarril se destruye, en su mayor parte.
En efecto, el ferrocarril ha sido construido con el conocido criterio de la economía mal entendida; en una enorme extensión apenas si se levanta un metro o dos del propio lecho del rió y si el agua alcanza la altura que desde Punta de Vacas se anuncia nada quedará en esas partes, además, si arrastró un puente como el de kilómetro 142, lo mismo ocurrirá con todos los del trayecto, que son muchos. Muy pronto habrían de confirmarse en todas sus partes mis predicciones.
Un año hacía, que me desempeñaba como Jefe de la, estación Mendoza Trasandino, cargo alcanzado luego de muchos años en la cordillera y que permitía mi convivencia con mi familia (esposa e hijos) y, por primera vez controlar de cerca la educación de mis hijos, mas, he aquí que todo terminaba, de súbito!!...
Con ello se iniciaba un período de pobrezas y sinsabores para los ferroviarios del Trasandino, que habrían de ambular durante largo tiempo; como si fueran pocas las vicisitudes que se sufren con solo permanecer entre esos montes abruptos y bravíos que forman la cordillera de los Andes.
Decíamos que la línea del ferrocarril había sido construida dentro de una economía mal entendida. Al túnel seguro y eterno se preferían los puentes; al picado en los salientes de los cerros, se prefería el terraplén en el lecho del rió, etcétera. De ahí el vaivén de uno a otro lado del rió de que dan idea cabal los catorce puentes existentes en un trayecto de 150 kilómetros, es decir que se realizaba el tendido de rieles en la forma mas fácil sin considerar la seguridad y duración, se buscaba indudablemente, el menor costo, pero, ¿se consiguió el propósito? podemos afirmar que no. Muchos accidentes que habrán de conocerse al través de estas notas pondrán de manifiesto el hecho.
El mismo aluvión no habría destruído la línea; no la destruyó en ninguno punto donde corría diez metros más alta que la cuenca del río.
En lo que fue Zanjón Amarillo - kilómetro 133 - que resultó arrasado, pueden verse aún los cimientos de las casas que demuestran que a tres metros del nivel normal de las aguas, no alcanzó el torrente. Entre kilómetro 59 y 66 trayecto que comprendía dos puentes que fueron totalmente destruídos, con sólo haber seguido el actual tendido, la línea no habría sido afectada, pero el actual tendido dirigido por ingenieros argentinos requerió dos túneles y varios picados en roca.
En río Blanco la vía debió ser sacada del lecho del río Mendoza por cuya cuenta corría cinco kilómetros, que eran constantemente atacados por la correntada - todavia existe el puentecillo en la desembocadura del río Blanco, como un recuerdo del antiguo trazado.
En la noche del 22 de enero de 1920 el tren 820 arrastrado por locomotoras 20, un coche comedor, el 50, con su dotación de personal y un furgón de cola; a la altura del kilómetro 89 donde la vía corre sólo a tres metros de la cuenca, se encuentra con los rieles socavados; el maquinista no puede advertir el daño, desde su punto de vista - en aquella época ese tipo de locomotora no proyectaba otra luz que una lamparilla a kerosene - aparese norma, súbitamente la vía se hunde y el convoy se precipita al río!
La locomotora se sumerge hasta la cabina! el foguista Marcelino Vieyra desaparece, nunca se encuentra el cadáver, debió ser sepultado por la misma locomotora. El maquinista salta al agua y aunque herido consigue pisar tierra; el guarda y el personal del comedor están encerrados en el coche... las plataformas se hallan cubiertas por el agua, pocos minutos más y llegará a las ventanillas... Se discurre sobre los medios de salvación, alguien dice: si tuviéramos una soga u otra cuerda podríamos llegar al techo, desde éste saltaríamos al del furgón y si desde allí no se alcanza tierra, la profundidad del agua no puede ser mucha. Podemos esperar auxilio desde Uspallata - exclama otro - se analiza esta posibilidad, en él mejor de los casos podría venir la cuadrilha dos horas más tarde. La presión del torrente excava debajo del vehículo el que se sumerge cada vez más...
¡Hurra! grita Vargas, tenemos la soga! Pablo Vargas es un mozo del comedor, hombre alegre y dicharachero, simpático a todos, dónde? ¿Como?
¡ - Los manteles, ñato, los manteles! Entre los ocho hombres los convierten en resistentes cordeles, mientras se preguntan con agustia qué será del maquinista y goguista; luego surge otro inconveniente: ¿ Como asegurar el cordel al techo? alguien encuentra la solución. Se trata de abrir una ventanilla a cada lado del coche, uno de los hombres sacando el cuerpo, sostenido de las piernas por otros. Lanzará, el cordel, al través del techo cuantas veces sea necesario hasta ser recibido por el otro hombre en el lado opuesto, conseguido esto en pocas tentativas, lo aseguran por un extremo dentro del coche y trepan por la otra punta, el primero en llegar al techo examina el terreno, el plan es factible. Uno a uno los pies colgando hacia el torrente acechante, parecieran las patas del cóndor que deja inertes cuando vuela, suben con esfuerzo; El primero ya alcanzo tierra… Por fin todos se reúnen, están sudorosos, tiemblan por el esfuerzo muscular desacostumbrado para la mayoría, verdadera hazaña! Buscan al personal de máquina y dan con el maquinista que se halla tendido mas allá sufriendo una herida desgarrante en el estómago. Cree que su compañero fue despedido al precipitarse el convoy al rió. Se le busca sin resultado.
Se encaminan hacia Uspallata, tres kilómetros al oeste, Vargas recuerda entonces que en el coche queda el dinero recaudado en la mañana del mismo día cuando el comedor iba en servicio del tren internacional, quiere volver a rescatarlo, todos sus compañeros tratan de disuadirlo, el dinero puede considerarse seguro en la caja de hierro, pero Vargas insiste, desanda el curioso camino y vuelve con el dinero… Los intereses del ferrocarril están en buenas manos.
El episodio, curioso, notable, único, apenas si fue mencionado sin ningún detalle por algún diario!
Este hecho no es sin embargo, el mas extraordinario, solo en lo que respecta a accidentes ferroviarios existen acontecimientos que pueden considerarse inéditos y permanecen inéditos, nos proponemos sacarlos de su sueño.
En este mismo lugar, kilómetro 89, años atrás ocurrió un curioso episodio del que fuimos testigos, que si bien, de otra índole, consignamos por ser un hecho propio de la cordillera y tocante al ser humano que la habita y que alcanzo en forma entera a ferroviarios.
La cuadrilla ferroviaria de Uspallata compuesta de diez hombres, se hallaba trabajando en las inmediaciones; uno advierte de pronto que un puma se acerca al grupo agazapado, llama la atención de sus compañeros y todos se reúnen. Carentes de armas de fuego sacan los mangos de los picos y con ellos a guisa de arma rodean a la fiera y tras de una paliza la apresan, la atan con un pedazo de cable y al terminar sus tareas la cargan en la zorra y la conducen a Uspallata de donde posteriormente se envía a la ciudad de Mendoza.
Se trata de un viejo puma, ya en inferioridad de condiciones para la caza de guanacos u otros animales. En tal caso, así como cuando se encaleta y no tiene otra salida, ataca al hombre. Caso contrario huye.


EL ALUVION
La contrucción del ferrocarril Trasandino con respecto a los aluviones, plantea dos interrogantes: ¿No fue estudiado ese punto? ¿Lo fue y se corrió el albur? las dos hipótesis serían igualmente censurables, ¿podría creerse que una empresa inglesa, con la experiencia de esa Nación en ferrocarriles de montaña, pasara por alto los aluviones? No! Cuál fue el criterio pque primó? Acaso el mismo que, como criterio general determinó la construcción de viviendas para empleados, invariablemente, sin w.c.? Es que ignoraban que éste era necesario?
En todo el trayecto del río Mendoza y sus afluentes hay indicios de antiguos aluviones que pudieron ser tan grandes como el de 1934. Así los indican los barrancones de las pampas de kilómetro 32 y 100. Lo muestra también la hondonada que el ferrocarril bordea en Punta de Vacas y la que puede verse en la confluencia de los ríos Las Cuevas y Horcones. La primera se formó por las aguas del río Tupungato contenidas en la estrechura de kilómetro 143 por un desprendimiento del cerro Vacas durante tres días hasta que el torrente lo rompió. La extensión de la hondonada ho deja lugar a dudas de que la creciente que se originó, ha sido de proporciones no comunes. La segunda por una avalancha desprendida del cerro blanco (hoy pista de esquí, Puente del Inca). Por lo demás, quienes como el que escribe, han vivido muchos años en la zona, han visto infinidad de veces, durante los inviernos de mucha nieve, cortarse las aguas de los ríos y arroyos, por minutos, por horas, y por días, contenidas por los aludes que bloqueaban los cauces, y han visto también desprendimientos y avalanchas de tal magnitud que alteraban la configuración de los Valles.
El alud que arrasó con la estación ferroviaria Caracoles (Chile) en agosto de 1941, que, desprendido de la cumbre fronteriza recorrió siete kilómetros arrastrando toda la nieve de la hondonada, alcanzó al llegar al contrafuerte, hasta cuarenta metros de altura y de haber existido un río en su curso, habría formado un dique capaz de contener las aguas, cuando menos por muchos días.
Las nieves de los aludes se convierten en durísima masa cuya consistencia, aumenta en la medida del recorrido.
Nos ha sido dado contemplar de muy cerca un pequeño alud cuyo grueso o altura no alcanzaba a un metro, que desprendido de un faldeo 500 metros más arriba, quebraba los postes telegráficos de quebracho, como frágiles varillas.
El aluvión de 1934 provino de las aguas de El Plomo retenidas mucho tiempo por una avalancha. El Plomo es una sucesión eslabonada de cerros, que, con sus estribaciones, forma en el lugar donde se originó el embalse, una inmensa herradura. La altitud de los picos, poblados de heleros, sobrepasa los 6.000 metros; el deshielo determina un riacho, que corre de sudoeste-nordeste y se une al "taguas" desembocando luego en el Tupungato. La avalancha desprendiose de la placeta de uno de los picos mas altos Situados al norte, corrió retorciéndose hacia el sur siguiendo la sinuosidad del terreno, hizo un círculo sudeste-norte, cruzó el Valle, chocó contra el cordón inferior y volvió sobre si misma cerrando el círculo de una anchura de 700 metros por 130 de alto, dejo una estela de nieve comprimida en lo largo de cinco kilometres y fracción formando un embalse de tres kilómetros de fondo por 800-1000 metros de ancho que se fue llenando con el deshielo de la nieve acumulada en el Valle y los faldeos circundantes, mas el caudal permanente que mana de los heleros. El agua acumulada llegó a sesenta metros de alto. Los cálculos mas aceptables indican que las aguas estuvieron retenidas durante tres meses.truyendo la vía férrea en una extensión de 100 metros - apenas minutos antes pasaba por el lugar una locomotora que se dirigía a Zanjón Amarillo - suerte hubiera sido que dicha locomotora quedara retenida por la cortada. Más tarde fue preciso transportarla desarmada desde la ciudad de Mendoza! Las aguas dieron al fin con terreno firme, volviendo a su cauce, de no ser así, el campo ripioso en que allí se cultiva alfalfa, era propicio para que se abriera un nuevo cauce y dada la configuración del terreno pudo arrasar con la población.

Muchos habían supuesto que el torrente arrastró la masa de hielo que cerraba la salida, no fue así sin embargo, solamente la perforó abriendo un boquete de unos 20 metros de anchor por 70 de alto por el cual se lanzó el agua.
Mientras que se acumulaba el agua que habría de causar cuantiosos daños materiales, luto, miseria y dolor en los hogares humildes –los humildes son siempre las victimas mas fáciles— los pobladores de Punta de Vacas, primer lugar habitado en el laberinto inmenso de cerros, quebradas y valles que separan este punto de El Plomo, donde habría de desembocar, Vivian su vida de siempre, rutinaria, monótona, triste, sacudida apenas por la maquinaria aparatosa, que cruza de vez en cuando con su trencito a la cola, vida obligada, vida de lucha por el pan de cada día…
Nadie había de pensar, aun a pocas horas de acontecer el hecho, en un aluvión, el brutal hecho era desacostumbrado para ellos. Aquel día, 10 de enero de 1934, reinó en alta montaña un clima inusitadamente caluroso, al promediar el día era sofocante, los animales iban y venían sin causa aparente, piafaban los caballos y aullaban dos perros, alguien exclamó -parece que va a temblar- olor a lluvia —dijo otro -acaso el zonda- comento un tercero—. A medida que corría el tiempo, el olor a lluvia, a ciénaga, se acentuaba, pero no había una sola nube en el firmamento. De pronto se oye un estruendo y se eleva una polvareda por el rió Tupungato adentro. Un rodado! un gran rodado! -dicen algunos— y la gente sale a mirar, (con el término rodado, los pobladores indican tanto los desprendimientos como el alud) la polvareda se acrecienta, como, si una tropilla de animales corriera por un camino terroso; luego se oye el entrechocar de las piedras al soplo del torrente… Ha desembocado el aluvión!...
El rió Tupungato converge con el Cuevas en kilómetro 145, al extremo sud del valle Vacas y a un kilómetro de la estación ferroviaria. Corre de sud a norte paralelo al cerro Vacas por el este y a la línea férrea por el oeste. E1 cauce es profundo, las paredes tienen en parte 15 metros de altura con una anchura mínima de 25 metros, puede contener en consecuencia, una enorme cantidad de agua, mas, el ímpetu del torrente al desembocar horada el barranco oeste, carcome mas de diez metros des
La locomotora a que hacemos referencia siguió su marcha transponiendo el puente de kilómetro 142 ya sobrepasado por el agua... minutos después el puente fue arrastrado por la correntada... quedando informe trescientos metros más abajo.
Pasado el puente la línea se desvía hacia el faldeo para entrar nuevamente a la cuenca del río en kilómetro 135, desde allí hasta el 127 cuesta creer que una vez existió en ferrocarril. Ya hemos dicho cómo llegaron a Mendoza los primeros avisos; la estación siguiente a Punta de Vacas - Zanjón Amarillo - fue avisada desde el primer momento, era la más importante de la línea en cuanto a servicio interno del ferrocarril, cabecera para el sector cremallera y depósito de locomotoras; con toda la dotación de personal de tracción y talleres, conservación y tráfico. Residian pues, numerosas famílias.
Recibieron alborozados el aviso, aprontaron sus máquinas fotográficas y se alinearon a la vera del río; el torrente normal que iba aumentando paulatinamente traía alivio a la pesada tarde, todo era algarabía y risas; poco después habrían de llorar...
Llegó la locomotora y el personal se apresuró a informar las proporciones desmedidas de la creciente que a muy pocos metros venía arrastrando con todo lo que hallaba en su camino, pero nadie hizo caso; todos creían que se trataba de una de las tantas crecidas del río, razonablemente normales en la época de deshielo; el jefe de la estación procuró ampliar informaciones con Punta de Vacas comprobando que la línea alámbrica ya no funcionaba, había sido destruída!
De pronto la gente observa con espanto que las aguas en impresionante altura vienen invadiendo el valle! Una zorra de vía corre delante procurando anticiparse al torrente... hubo de ser abandonada. Todos huyen despavoridos... sólo por milagro no sucumbieron las mujeres y los niños!
Quinientas toneladas de carbón almacenadas a la entrada occidental de la estación desaparecen en el torbelino como vulgar hojarrasca! ¡Todo es confusión! La casa de camineros y las guardas también ubicadas en el sector occidental, son presas del torrente! de ellas no habría de quedar el menor vestigio; vehículos ferroviarios vuelan a la correntada como las hojas de otoño al soplo del viento...
Muy pronto se percibe el aislamiento, al sudoeste y noroeste la creciente impetuosa, al este la roca escarpada, montañas que cierran e1 paso.

Se acerca la noche, los niños lloran… aúllan los perros…
Se inicia el desalojo de las viviendas, la gente se traslada al cerro Amarillo de la parte oriental llevando enseres, una niña de ocho años vuelve por su muñeca. Aunque algunas. casas no son alcanzadas por el agua, nadie quiere arriesgarse a pernoctar en ellas. El desasosiego es manifiesto, a la pesadumbre sigue la inquietud.
¿Que pasará en la ciudad de Mendoza? ¿Acaso es invadida por la creciente? ¿Cómo saberlo?... Las comunicaciones ya no existen… Si se considera que quien mas quien menos, tiene sus familiares en aquella ciudad, se explica sobradamente la angustia, el espanto… Esos familiares mientras tanto, ante el torbellino de noticias y comentarios fantásticos, sufrían a su vez pensando en lo que sucedería a sus seres queridos a lo largo del Trasandino, sufrimiento que se acentuó cuando desapareció todo medio de comunicación y del que no se librarían hasta muchos días después.
¿Qué es? —seguían preguntándose en Zanjón Amarillo- a que obedece tan enorme creciente? No ha llovido en la zona, no se tiene la menor idea de la existencia de cúmulos de agua que pudieran haberse precipitado. Vecinos como son de la zona de los heleros, se preguntan consternados, qué fuerza produjo el deshielo?
Empleados y obreros piensan ya en el pan de sus hijos, destruido el ferrocarril vendrá la desocupación…
Son numerosos los que han quedado sin muebles, enseres, víveres; varios cuentan como única vestimenta con un pantalón y un saco pijama… Algunos han perdido sus ahorros de muchos anos…
Llega la mañana del día 11, se ha ido la noche de pesadilla, es radiante el sol, los pájaros revolotean, cantan y van y vienen a ras del agua, que ha mermado notablemente; hay mas aliento, menos desanimo!
La fisonomía del lugar ha cambiado, tiene otra configuración, el Valle pequeño de por si, se ha achicado formando una media luna acostada en el faldeo del cerro.
Un barranco ocupa el lugar de la vía segunda y tercera de maniobras, un extremo de la estación esta en el aire, hay lodo en las viviendas y en el patio de talleres.
Llegará auxilio -dice uno- empero, ¿Cómo? en lo tocante al ferrocarril ni qué pensar, ha muerto! E1 camino carretero, mas tarde ruta número siete, es una mísera huella, pero es el único medio para evacuar al personal y las familias. Habrá de hacerse antes que terminen los alimentos, nada queda por hacer ya allí.
Adelante de kilómetro 127 la línea férrea sale del nivel del río Mendoza al que no vuelve a acercarse hasta kilómetro 88, ese trayecto queda intacto; en el 82 apenas quedan en pie algunos pedazos del terraplén; la creciente choca en el puente de kilómetro 73; los elementos que arrastra; maderaje de vehículos ferroviarios y viviendas, postes telegráficos, durmientes, cuerpos de animales mayores y menores y mil enseres y otros cuerpos, forman un dique que detiene las aguas. Pueden verse los peces flotando panza arriba, muertos en el maremagnum. Pronto el puente, convertido en un puñado de hierros retorcidos es arrastrado y queda a quinientos metros de su emplazamiento. Esto se repite en todos los puentes de tipo colgante; el que sigue, kilómetro 65 fue a parar a trescientos metros, el de kilómetro 59 a seiscientos metros, el de kilómetro 54 sacado de su base este donde cargó el peso del agua, queda paralelo a la corriente en el otro extremo; el del 49 fue arrastrado a un kilómetro, a la corriente en el otro extremo.
En las inmediaciones cayó la primera víctima, el ciudadano chileno, Juan Lázaro, obrero ferroviario, hombre de gran físico que tenía por diversión cruzar una y otra vez el río, esta vez le servió de lecho.
En Cacheuta arrasó con muchas instalaciones de la usina hidroeléctrica; los lujosos baños y anexos del establecimiento termal incluídas las viviendas del personal. Muchos servidores de esa forma quedaron en la miseria.
Al llegar la correntada a Luján de Cuyo, se detiene en parte en el dique Cipolletti, las compuertas esperan levantadas con excepción de las del canal matriz, que sierve todo el norte incluso la ciudad capital, Godoy Cruz y Las Heras.
De no haber resistido el dique en lo que respecta a las instalaciones de lado norte, la correntada habría arrasado densas poblaciones en una incalculable proporción. Construído para resistir diez veces más agua que la normal sirvió para resistir 30 veces más... En tal supuesto habría sido menester volarlo.
Cuando el dique se colmó las aguas se desplazaron por el extremo sud donde el material arenisco no ofreció mayor resistencia.
Los sauzales de las orillas, besaban las aguas, tal era la altura que alcanzaban...
De allí en adelante inundaron todos los terrenos bajos arrastrando consigo sementeras y viviendas, el saldo en vidas sin ser grande en cantidad fue sensible como el que más, las victimas fueron familias humildes, niños...
En la tarde del día 11 aumenta nuevamente en forma alarmante la creciente, con ella la angustia del personal de Zanjón Amarillo, la zozobra el estupor! Si al menos se conociese el origen del caudal - exclama alguien - podríamos tomar una resolución!
El día 12 autoridades militares y policiales se divisan sobre el gran barrancón hacia polvaredas, están inspeccionando el terreno. Aún no es posible vadear el río.
El auxilio! el auxilio! - grita la gente -. Muchas horas habrían de pasar todavía a la espera.
Autoridades ferroviarias llegan 48 horas después y se unen a las anteriores. Se discuten los medios para auxilo; se resuelve tender un cable para transponer el río. Previamente se instala un poste base en cada lado. El agua ha dismiuído pero aún es mayor que la normal. Después de muchas dificultades queda, instalado el cable y se acondiciona un cajón colgante que servirá de vehículo. Se inicia el translado de enseres que se van apilando al otro lado mientras se organiza una caravana de camiones para el transporte. La tarea es incómoda. Las mujeres tienen miedo, gritan... no poco trabajo cuesta convencer a algunas que no es posible arbitrar otros medios. A la carga todo se hace.
La llegada a Mendoza de la caravana de camiones con aquella gente y trastos, despertó la curiosidad de la ciudad. En una tarde tórrida la cruzó en casi toda su extensión de norte a sud para arribar al cuadro de la estación Trasandino donde debían albergarse en vagones ferroviarios, la escena parecía el éxodo de una ciudad sitiada... Donde fue Zanjón Amarillo quedaron los perros y gatos...
HECHO CURIOSO: La policía con algunos pobladores rescataron a un hombre de un caprichoso encierro. Un hombre de más de 60 años circula a pie por la línea férrea en la tarde del día 10, marcha a la altura de kilómetro 135 cuando tras él irrumpe la correntada, se da cuenta que será su presa, corre por el gran acarreo existente en el lugar introduciéndose en un hueco. A sus pies pasa el torrente amanazante, sobre su cabeza el barranco inaccesible; el sol le da de lleno, el agua se acerca a sus pies colgantes. ¿Lo arrastrará a pesar de todo? Un caballo vivo aún pasa indefeso en el torrente, los durmientes de la vía se van desprendiendo y echan a andar flotando. Llega la noche, es larga y penosa, apenas si pega los ojos un instante. Las piedras chocan y vuelven a chocar, el agua brama... Aclara por fin; pinceladas de sol pintan los salientes de los montes que tiene al frente. El agua ha bajado de nivel, más, comprueba ay! que el material de acarreo que formaba el talud por donde él trepó ha desaparecido... Está encerrado en el barranco! Allá arriba unos cóndores pasan y vuelven a pasar en majestuoso vuelo. Tiene sed, la inmensidad de agua que pasa a sus pies no está a su alcance...
Por la tarde es visto casualmente por la comisión policial que pasa al otro lado del río y no sin grandes esfuerzos se le pone en libertad.